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La Historia de los Tres Árboles

El popular cuento conocido como “La Historia de los Tres Árboles” continúa inspirando a millares de personas. Aunque se atribuye su autoría a diversas fuentes, lo cierto es que este relato ha circulado por mucho tiempo y se ha traducido a decenas de idiomas, convirtiéndose en parte de la tradición. Si nunca lo escuchaste, estamos seguros de que servirá de inspiración y aliento para tu vida, y te recordará que, sin importar tus circunstancias, Dios tiene un plan para ti y te ama con amor eterno.

***

En la cima de una montaña se encontraban tres pequeños árboles. Los tres estaban erguidos, y mientras disfrutaban de la fresca brisa, soñaban con lo que ellos querían ser cuando crecieran.

– El primer árbol, mirando a las estrellas que brillaban como diamantes dijo:
«Yo quiero ser un árbol hermoso. Quiero que algún día me cubran con oro y me llenen con tesoros y piedras preciosas… ¡Yo quiero ser el cofre más lindo del mundo!».

– El segundo arbolito observó un pequeño arroyo que continuaba con su camino hacia el mar, y dijo:
«Yo quiero ser un árbol fuerte. Quiero que algún día me transformen en una nave, y así pueda viajar a través de mares inmensos y llevar conmigo a reyes poderosos. ¡Yo quiero ser el barco más fuerte del mundo!».

– El tercer arbolito miró hacia el valle, donde los hombres y mujeres ocupados trabajaban en un pueblo, y dijo: «Yo no quiero jamás dejar la cima de la montaña. Quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo se detenga a mirarme, levanten su mirada al cielo y piensen en su Creador. ¡Yo quiero ser el árbol más relevante del mundo!».

Los años pasaron. Llovió, brilló el sol, y los pequeños árboles se convirtieron en majestuosos cedros. Y un día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña.

– El primer leñador miró al primer árbol y dijo: «¡Qué árbol tan hermoso!». Y, con un fuerte golpe de su hacha, el primer árbol cayó. «Ahora me van a convertir en un cofre hermoso», pensó el primer árbol. «¡Voy a contener tesoros maravillosos!».

– El otro leñador miró al segundo árbol y dijo: «Este árbol es muy fuerte. ¡Es perfecto para mí!». Y con un fuerte golpe de su hacha, el segundo árbol cayó. «Ahora podré navegar mares inmensos», pensó el segundo árbol, «¡Voy a ser una poderosa nave para los reyes!».

– El tercer árbol sintió su corazón hundirse de pena cuando el último leñador se fijó en él. El árbol se paró derecho y alto, mirando valientemente al cielo. Pero el leñador ni siquiera miró hacia arriba. Simplemente dijo: «¡Cualquier tipo de árbol me servirá para lo que busco!». Y con un fuerte golpe de su hacha, el tercer árbol cayó al suelo.

– El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo trajo al taller de un carpintero. Pero el carpintero no estaba pensando en cofres para tesoros. En cambio, sus manos trabajaron para transformar el árbol en una rústica caja de alimento para los animales. Este lindo árbol no se cubrió con oro, ni se llenó con tesoros. Ahora él estaba cubierto con aserrín y lleno con paja para alimentar a los animales hambrientos de la granja.

– El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó cerca de un embarcadero. Pero pronto se dio cuenta que no estaba cerca al mar, sino a un lago; y que en sus orillas no había reyes ni palacios, sino pobres pescadores. En lugar de convertirlo en la gran nave de sus sueños, hicieron de él una simple barca de pesca, demasiado pequeña y débil para navegar en el océano. Y allí se quedó, en ese pequeño lago, con los humildes pescadores.

– El tercer árbol fue cortado y convertido en leños y vigas grandes y fuertes, y fue dejado en un viejo almacén. ¡Qué triste yacía en aquella oscuridad! Se dijo para sí: «¿Para qué me sirvió ser un árbol fuerte y grande? Todo lo que yo quería hacer en la vida era estar en la cima de la montaña, para que cuando la gente me viera, pensara en su Creador».

Pasaron los días, los meses y los años, y los tres árboles casi olvidaron sus sueños de juventud. Pero una noche, la luz de una estrella dorada brilló directamente sobre el primer árbol, cuando una joven mujer puso a su hijo recién nacido en la caja de alimento para animales. «Yo quisiera haberle construido una hermosa cuna», susurró su esposo. Mientras la luz de la estrella alumbraba al niño que apaciblemente dormía sobre la paja, la madre le apretó la mano y sonrió, diciendo: «No te preocupes, José. Este pesebre es hermoso».
Entonces, el primer árbol comprendió que contenía el tesoro más grande del mundo.

Una tarde, años después, un viajero cansado subió con un grupo de amigos a bordo de la vieja barca de pesca en la que se había convertido el segundo árbol. El hombre estaba agotado y se quedó dormido, mientras la embarcación navegaba tranquilamente sobre el lago.

De repente, una impresionante tormenta se levantó sobre ellos. El segundo árbol se llenó de temor. A pesar de sus mejores esfuerzos, le faltaban las fuerzas y sintió que estaba a punto de naufragar. Se sentía un verdadero fracaso, ¡no servía ni siquiera para navegar un pequeño lago! Entonces, el hombre que estaba dormido despertó. Se puso de pie, estiró su mano y dijo al mar: «¡Calma!». Al instante, la tormenta se detuvo tan rápidamente como había empezado, dando lugar a un remanso de paz.
Y de repente, el segundo árbol supo que llevaba a bordo al Rey de reyes.

Un poco después, una mañana de viernes, el tercer árbol se sobresaltó cuando sus vigas de madera fueron sacadas bruscamente de aquel almacén olvidado. Se sobrecogió cuando fue arrastrado a través de una enojada y bulliciosa muchedumbre. Se estremeció cuando llegaron a la cima de una colina, y soldados clavaron en su madera las manos y los pies de un hombre. Se sentía feo, tosco y cruel.

Pero el domingo por la mañana, cuando al brillar el sol la tierra se estremeció al revelar una tumba vacía, el tercer árbol comprendió que el amor de Dios lo había cambiado todo.

– Había hecho que el primer árbol contuviera el más preciado tesoro.

– Había hecho que el segundo árbol llevara al Rey de reyes.

– Y había hecho que, cada vez que las personas recordaran al tercer árbol, pensaran en su Creador.

Se había convertido en el árbol más relevante del mundo.

***

«Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos—dice el Señor—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse. Pues así como los cielos están más altos que la tierra, así mis caminos están más altos que sus caminos, y mis pensamientos, más altos que sus pensamientos».  Isaías 55:8-9 NTV

 

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