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testimonioTras una dolorosa niñez, Juan Carlos Olivera en México se jura a sí mismo alcanzar la felicidad y el amor sin importar el precio. Pero los caminos por los cuales buscó, lo alejaron completamente del objetivo que deseaba alcanzar, y además lo despojaron de su libertad.

A muy corta edad, Juan Carlos Olivera aprendió a ganarse el pan con el sudor de su frente de niño.

Para sobrevivir, en ese entonces hubo un tiempo en el que vivió en la calle, lavaba vehículos e iba por los edificios tocando puertas y ofreciendo botar la basura a cambio de dinero.

Había sido así desde el día en que su padre, borracho de odio y licor, estuvo a punto de llevar un castigo demasiado lejos.

“Como veía él que ya no me causaba molestia, que ya no lloraba, que ya no, entonces buscó otra manera y lo que tuvo más cerca fue un tanque de gas, un cilindro de gas. Él quiso intentar dejarlo caer encima de mí, y ya, su desesperación, su ira, su coraje y entonces fue cuando entró mi mamá y no lo dejo hacer.”

Por eso, cuando llegó a la edad adulta se propuso dos cosas, nunca ser como su papá y trabajar como nadie hasta alcanzar el éxito.

En el comercio encontró más que una forma de ganarse la vida.

“Pues me sentía realizado, eso era lo que yo quería ser, ser alguien en la vida, ya que no lo obtuve de parte de mi padre, entonces yo me quería destacar, quería ser algo, entonces como comerciante me sentía bien.”

No pasaba lo mismo con su vida sentimental. Su prometida lo abandonó cuando supo que él tenía una aventura. Juan Carlos quiso terminar también con esa relación, pero las cosas comenzaron a salirle mal.

Por eso, buscó el consejo de una mujer que prometía soluciones a los problemas más difíciles.

“Yo no le conté nada y me dijo, a ver y ya me empezó a leer las cartas y me empieza a sacar a esta mujer que me estaba haciendo daño por medio de la brujería. Por eso me estaba yendo mal, no me rendía el dinero, por eso tenía opresión, por eso empezaba a ir mi vida mal, porque ella estaba haciendo eso para hacerme daño.”

A partir de aquel momento, Juan Carlos se obsesionó con protegerse y conocer su futuro. Era una información que, para él, no tenía precio.

Al cabo de un tiempo, Juan Carlos ya no solo tenía problemas con el alcohol, sino también con las drogas.

Vivía desesperado, buscando que alguien le ayudara porque en ese momento se sentía peor que una basura.

“Preguntaba yo ¿por qué no podía ser feliz?, porque yo anhelaba un matrimonio bien, tener hijos.”

En poco tiempo, el que antes había sido un hábil negociante, comenzó a mercadear con el crimen.

Juan Carlos no pudo escapar para siempre. Sus fechorías lo llevaron a la prisión y hasta allí parecían perseguirlo los problemas.

Para él, era el colmo de sus males, hasta que otro prisionero notó su angustia y se ofreció a ayudarlo. Ese día, Juan Carlos escuchó algo que nadie le había dicho antes.

“Yo te traigo el mensaje de Dios, que te ama”, eso fue lo primero que flechó mi corazón, cuando no tenía amor, yo le dije: “Señor Jesús, acepto que he sido pecador, que me arrepiento de todos mis pecados, yo te pido que tú me perdones, te invito a morar en mi vida”.

“Yo decidí pedir perdón a todas las gentes que yo les había hecho daño, lavándole los pies a él, en símbolo que eran todos los que yo había dañado, a los que había ofendido, a los que había lastimado y dar sus nombres. Y de esa manera descanso mi corazón”.

Gracias a la decisión que tomó, Juan Carlos formó el carácter que necesitaba para hacer realidad su sueño de una familia. Ahora entiende que la respuesta a los problemas no está en los naipes ni en los amuletos.

“Pude encontrar una paz, pude encontrar el amor que tanto anhelaba, buscaba, todo eso lo llenó Dios en mi vida y las maldiciones se acabaron, dice la Biblia: “Todas las cosas viejas pasaron hoy han sido hechas nuevas”. Todo ha sido restablecido, restaurado, sanado por Dios y sí, hoy trabajo honradamente, trabajo en mi taxi y vivo feliz. Él es el único que nos puede ayudar. Él es la respuesta, Jesús”.

 

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