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dia-padreLa celebración coincidió con el máximo evento del fútbol mundial. A los papás, nos homenajearon en la iglesia, en la escuela de mi hijo mayor, en el kínder del menor, en casa de mis suegros. Todos andábamos con la camiseta del equipo que apoyamos. Los argentinos, destacaban entre una marea roja inquieta. Los venezolanos parecían arroparse en la nostalgia del país en el que, por ahora, no estaban. Los colombianos, lucían muy seguros del papel de su selección.

Y yo, al verlos, me sentí como una cucaracha en una fiesta de gallinas a causa de mi vergonzosa ignorancia de las efemérides del deporte rey.

De lo que sí sabía, era del tema de conversación que surgía en medio de potenciales alineaciones y vaticinios de marcadores: el papá que no estuvo, que nunca llegó por las tarjetas llenas de garabatos que hicimos, ni por el abrazo adjunto. El que depositaba su cuerpo en el sofá, pero no estaba. Al que le avisaron que su hijo necesitaba sangre para una cirugía, pero ni así llegó. Otros, quizás los menos, hablaban de lo geniales que fueron sus papás.

Y entonces, presté atención a la impresionante fidelidad de los hombres por sus equipos (hablo de ellos porque es su día, aunque a las mujeres también les encanta). Buscaba yo una forma de darle un giro positivo a todo aquello.

¿Y si nos podemos las camisetas de nuestros hijos como si fueran nuestro equipo de futbol? Me explico. Nos representan con mayor legitimidad. El mundo se hace una idea de nuestros países por el desempeño de nuestro equipo nacional. ¿No es cierto? Pues nuestros hijos son un reflejo de nuestro hogar.

A veces, juegan mal, pero no por eso dejamos de ver los partidos. Pues esos pequeños esperan lo mismo de nosotros. Y cuando hacen algo bien, nuestros aplausos y vítores llenan estadios mágicos, invisibles, que redoblan en sus corazones.

Y lo más impresionante, es lo que esos pequeños jugadores esperan de nosotros. Si jugamos bonito, o apenas pateamos la pelota con torpeza, nos aman y sus ojitos no dejan de brillar. Su inspiración no es nuestra habilidad, sino nuestra dedicación. Ese momento en el que estamos solos, con un balón, en la calle, en una cancha, en un estacionamiento, en un parque, para ellos vale más que un estadio lleno de aplausos.

La misma fórmula funciona para todo lo demás. Haga lo que haga tu hijo o tu hija, ponte su camiseta. Es una aplicación práctica de la enseñanza bíblica que nos dice: "Instruye al niño en el camino que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él". La mejor instrucción es el ejemplo, y para eso es imprescindible el tiempo.

No podemos borrar los marcadores del pasado, porque quienes jugaron antes hicieron lo que pudieron y no podemos exigirles más. Pero los que llevamos la camiseta hoy, tenemos la opción de hacer las cosas de una manera diferente. Sin rencores, sin pendientes, con respeto hacia quienes nos precedieron, asumamos la responsabilidad que nos toca. Quizás, en el futuro, las historias de nuestros hijos, cuando celebren su propio día del padre, sean de unos papás que los apoyaron con el alma. Ellos lo harán aún mejor.

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